El Fraude

By in white rabbit on October 2, 2020

Las acciones reverberan.
Hacer algo, lo que sea, no solo produce ese algo que se hace sino también una modificación en la identidad de quien lo hace: ahora soy también el que hizo eso.
Además de esa variación en la identidad -las más de las veces sutil, casi imperceptible-, también se produce un cambio de posición: nos hemos movido en alguna dirección, poco o mucho, pero ya no estamos en el mismo lugar que antes de haber hecho eso que hicimos.
Componer, escribir, delatar, viajar y mentir, cambian en algo o en mucho a quien las performa, y también dejan a esa persona en otro sitio.
Algunos ejemplos servirán para transmitir mejor esta idea:
Si compongo una canción que resulta muy significativa para alguien, no solo me veré a mí mismo como capaz de una cosa semejante (de ahí esa modificación en la identidad de la que hablaba), sino que el hecho de haberla compuesto me deja ante los demás en un lugar diferente al que ocupaba antes de componerla: seré admirado, o tenido en cuenta de otra forma, o más querido, etc.
Si delato a alguien, no solo me comprobaré a mí mismo mi compromiso con la verdad y hasta dónde puedo llegar, sino que seré también percibido como un delator, para bien o para mal dependiendo del caso, pero sin dudas eso me dejará en una posición que reformulará mis vínculos con terceros.

En definitiva lo que intento decir, es que hacer algo modifica en algo la realidad. Dentro y fuera de nosotros.
Y cuando mentimos en relación a la identidad y al vínculo, terminamos siendo y convirtiendo la realidad que nos rodea en un fraude.

 

Jugar con fuego.
Esto lo noto con una intensidad incrementada en los últimos años: en el contexto actual donde la identidad y el vínculo entre identidades son como nunca antes moneda en circulación, mentir, producir, retocar, exagerar o banalizar cualquiera de estos dos elementos, termina deteriorando la base de lo auténtico.
Se puede decirle a alguien que “ha sido un gusto trabajar contigo” cuando en realidad nos juramos internamente evitar tal desgracia en el futuro, y si bien estamos mintiendo, esto se enmarca en la misma viabilidad social, o si prefieren, en un acto de clásica hipocresía que permite que no nos matemos unos a otros en solo 1 semana por exceso de sinceridad.
Pero lo que señalo es diferente: no puedo falsificar mi identidad social vendiendo algo que no soy, y esperar que nada pase.
Tampoco debería decir “amigo” a un conocido, “hermano” a alguien que vemos a menudo, o aún expresiones más elaboradas del tipo “sos alguien muy especial para mí”, y suponer que sigue todo igual.
No sigue todo igual, porque como decía, “hacer algo modifica en algo la realidad”, y en estos casos, cometer un fraude a nivel de identidad (presentarme sostenidamente como lo que no soy), y a nivel de vínculo (definir una relación de forma ficcional), lo que hace es corroer la base de significación de nuestra cultura.
Cuando nuestra identidad es nuestro contenido y éste se transforma en nuestra presencia (eso de que DEBO publicar en social media para existir), al mostrarme en una producción de mí mismo que poco o nada tiene que ver conmigo, lo que hago es inaugurar una sociedad de “muppets”, de “personas falsas”, de “identidades fraudulentas”…

Sabemos que siempre sentimos y a veces pensamos; por este motivo esmerilar la esfera afectiva, defraudar y adulterar elementos tan íntimos y constitutivos como lo son la identidad y el vínculo, equivale a vibrar los cimientos de nuestra especie.
Mientras no podamos cambiarla, que sea solo la publicidad la que juegue con ese fuego, pero no repliquemos el mismo fraude entre nosotros…

 

 

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