la depresión del avatar

By in bodybag, social fiction on June 3, 2012

Madrid, 17 de Septiembre de 2015.

 

“Es complejo tratar -y ni hablemos de curar- una enfermedad que no tiene un nombre consensuado, que no está lo suficientemente documentada, que está en ningún lugar y que se manifiesta sólo en el temperamento de un avatar…”

Estas palabras pertenecen al psicólogo norteamericano Martin Mitchell, quien fuera convocado por la 20th Century Fox, a raíz de lo que ha dado en llamarse “la depresión de los avatares”.

Pero para comprender mejor esta crisis que puede costarle miles de millones de dólares a la industria del entretenimiento, hagamos un poco de historia.

Hace poco más de un año, comenzó una tendencia que se desató con una velocidad vertiginosa en pocos meses: licenciar identidades sintéticas de celebridades.

Independientemente de los contratos puntuales para un film, un álbum, un ciclo televisivo,  una campaña publicitaria o una temporada de liga, surgieron los “identity brokers”, agentes que fichan celebridades de cualquier tipo, sintetizan su identidad en modelos computacionales y poseen su representación por una determinada cantidad de tiempo.

Hoy ya hay brokers especializados en nichos (políticos, jueces, actores regionales, delincuentes famosos, personajes mediáticos, músicos alternativos, personalidades históricas) y grupos empresarios que nuclean varios brokers.

Las identidades sintéticas que constituyen su capital (las versiones sistémicas de Robert de Niro, de Madonna, de Bill Clinton o de Franck Ribéry), son luego utilizadas para desarrollos fundamentalmente en social media; la respuesta a “cómo una celebridad puede entrar en contacto directo con todos y cada uno de sus cientos de miles o millones de seguidores, todo el tiempo”.

Dos elementos se sumaron a esta realidad del mercado: la creación de los motores identitarios por un lado, y el lanzamiento de los “programas gestalt” como formato de contenido.

Los motores identitarios son aquellos que “ponen en funcionamiento” el repositorio de identidad que en definitiva es la versión sintética de un actor, un político o un deportista.

Al principio, esas identidades dialogaban en base a rutinas donde el primer paso lo ejecutaba un estratega social, y luego, al desatarse la conversación, ellas podían continuar con la interacción.

Los motores han logrado que las dinámicas de diálogo sean mucho más naturales, es decir, que una identidad sintética no dialogue sólo con motivo de una campaña, sino de forma permanente y en torno de cualquier eje. Estos motores están traccionados por el propio flujo de diálogo de la comunidad.

Los programas gestalt, son un formato de contenido que las productoras cinematográficas, las cadenas televisivas y las discográficas (además de los equipos de campaña en el mundo de la política) han impuesto últimamente y que consta de varios soportes solidarios: presencia masiva (televisión, conciertos, etc.), presencia social (desarrollos en social media) y presencia “client side” (vía apps para dispositivos móviles y domésticos).

Hoy casi todas las piezas de entretenimiento tienen estas tres patas; en las últimas dos, la social y la client side -aunque a veces también en la primera- es donde fundamentalmente viven las identidades sintéticas conectadas a motores identitarios.

 

Bien, pintado el contexto, veamos ahora por qué la industria del entretenimiento se ve obligada a recostar a estas enormes cantidades de código sobre el diván.

Es Luis Miguel Pertierra, director del flamante departamento de psicología aplicada de Warner Music Group, quien nos cuenta la esencia de esta crisis:

“Con las identidades sintéticas, en tanto repositorio de características estáticas de identidad, sumadas a una serie de variables que llamábamos “dinámicas del temperamento”, no había problemas, no había posibilidad de un comportamiento errático por parte de estas identidades.”

“Si teníamos a un Beck sintetizado, sabíamos qué diría en términos semánticos ante qué pregunta, con qué tono y qué registro respondería y hasta por supuesto con qué latencia. Todo esto estaba bajo la órbita de psicólogos computacionales e ingenieros relacionales.”

“Cuando aparecieron los motores de identidad basados en el flujo de diálogo de una comunidad, si bien se ganó en naturalidad (la identidad sintética lograba romper el contexto comercial en el que se encontraba y se presentaba como una persona real, en todas sus dimensiones), se perdió el control de esa identidad sintética; sólo que no nos dimos cuenta en ese momento.”

“Ahora mismo, estas identidades, las de actores, músicos, celebridades de todo tipo, están cayendo en pozos depresivos y comienzan a comportarse de forma inesperada.”

Este problema, al que se le han ido poniendo diferentes nombres como “Síndrome de anhedonia de control diferido”, “Depresión gestáltica” o “Apatía de Flockton”, no tiene la menor perspectiva de una rápida solución, ya que lo que hiciera Fox hace seis meses (desconectar el motor identitario de una de sus figuras) fue tomado por la comunidad como un virtual secuestro de dicho actor, quien de la noche a la mañana volvió a ser absolutamente “correcto” en sus comunicaciones.

Martin Mitchell agrega: “Por el momento sólo nos queda someter a tratamiento psicológico  a nuestras identidades, porque muchas de ellas actualmente sufren fuertes depresiones, pérdida total de interés por su trabajo y hasta pérdida de memoria”.

 

Aparentemente, estamos asistiendo hoy a una nueva versión de la vieja historia del Golem y de Frankenstein: la criatura, muchas veces no hace lo que queremos que haga…

 

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