Todos aquellos que nos interesamos por los social media, como sucede con cualquier persona interesada en cualquier tema o disciplina, invertimos cierta cantidad de tiempo en mantenernos informados de aquello que representa nuestro interés.

Esta búsqueda de información, hace que a la corta o a la larga identifiquemos fuentes que nos resultan interesantes y válidas en algún aspecto.

A veces llegamos a esas fuentes de forma directa, como resultado de alguna búsqueda específica, pero otras tantas como recomendación activa o pasiva de personas que conforman nuestro entorno social online.

Con recomendación activa, me refiero a cuando alguien resalta algún artículo que haya leído o pase directamente a recomendarlo a su grupo de contactos sociales. Esto sucede por ejemplo cuando un amigo ha gustado de una página en Facebook y señalado como recomendable alguno de sus artículos -vía un comentario o compartiéndolo en su muro-.

Escribimos cómo estamos, qué pensamos, qué estamos pensando ahora, qué vimos, qué escuchamos, qué nos pasó.

Muchos creen -y dicen desde sus status en Facebook o desde Twitter- que quienes CUENTAN todo el tiempo las cosas que les pasan, piensan o ven, son idiotas. O exhibicionistas, o egocéntricos.

No visualizan el hecho de que el streaming de presencia, se ha convertido en parte de nuestra posición social.

Nadie puede soportar tener 5 trabajos tan demandantes como los míos, ocupando 20 horas de mi tiempo, permitiéndome soñar con algo de ocio -o soñar que duermo y descanso- sólo 3 horas y dejar esos escasos 60 minutos restantes para escribir todo lo que sueño.

De llevarle la agenda al Dr. Lucious en su consultorio del Tibet, parto raudo hacia la vigilancia de montañas para un organismo mahometano, de allí voy a ocupar mi lugar en el confesionario de Facebook, cuando termino con eso, vuelo hacia la agencia de marketing de Lester&Fester a diseñar nuevas religiones por encargo, y una vez que cumplo mis 4 horas en la agencia, salgo para cubrir el puesto de apólogo de la maldad.

Hace 5 minutos que estoy despierto, y ante la total imposibilidad de invertir tiempo en las cosas de la vigilia -ocurre que quedé con Moses en la selva antártica para dentro de 4 millones de años atrás en media hora- apenas me queda reflexionar una reflexión corta.

Ahora que lo pienso, cada vez que aparece un personaje notable en mis sueños, lo hace de la mano de Moses. O es un invitado suyo, o es él quien lo descubre entre la muchedumbre o la confusión.

Esto sucedió hace poco con Averroes, hace 3 años con Charles Dodgson y poco después con el autorretrato a plumín de Edward Gorey -que se reía, hablaba y movía igual que él-.

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