Precaución: la palabra “Google” figurará en el presente artículo unas 18 veces -sin contar la que pasó-; si ésta le produjera alguna molestia o acelerara su ritmo cardíaco, por favor no siga leyendo.

 

Ayer quise integrar Google Latitude a mi página de iGoogle y caí sin proponérmelo en el submundo Google, que más que un submundo es una caja de herramientas.

Mi idea era simplemente comprobar cuántos de mis contactos en España usan efectivamente Google Latitude, pero como en la vida de una persona que sufre trastorno por déficit de atención con hiperactividad (tal vez mi caso) una cosa lleva a la otra y a la otra y a la otra, terminé experimentando un pequeño Google tour.

De Google Latitude pasé a iGoogle, desde allí salté a Google Sets, compuse un par de búsquedas y me fui a Google Buzz, donde actualicé el status. De Google Buzz volví a iGoogle, limpié un poco uno de mis Gmails y culminé la ronda en Google Académico, donde busqué algún material sobre Peter Sloterdijk.

Pocas veces vi un reposicionamiento y refuncionalización culturales como la que experimentó LEGO, el que naciera en Dinamarca como un juguete de ladrillos para construir.

Parte de este camino hacia la “universalización” comienza en la propia visión del fundador de la compañía y sus descendientes: LEGO comprendió rápidamente que los chicos que jugaban con sus bloques crecían, y junto con ellos sus necesidades lúdicas, de manera que fue sacando al mercado productos cuya clave fue -en varios sentidos, a varios niveles- la adaptabilidad.

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