El zombie filosófico, la persona algorítmica y jugar a ser Dios

By in white rabbit on May 4, 2016

El zombie filosófico, la persona algorítmica y jugar a ser Dios, por ernesto alegre

En torno del estudio de la consciencia se dice que hay dos problemas: el sencillo y el complejo.
El problema sencillo consiste en plantear todos y cada uno de los procesos mentales: cómo guardamos los recuerdos, cómo los recuperamos, cómo establecemos conexiones entre diferentes ideas, cómo pensamos, cómo imaginamos y un enorme etcétera.
Ni bien comenzar vemos que el problema sencillo tiene de todo, menos sencillez.
Pero aún peor es lo que involucra el problema complejo; su resolución demanda responder esta pregunta: ¿qué hace que seamos conscientes de ser?
O dicho de otra manera: ¿por qué nos sabemos alguien, nos consideramos una identidad singular, nos llamamos “yo”?
Este es el problema complejo.

Para desentrañar este último problema -y cabe aclarar que aún no tenemos ni la punta del ovillo de la que comenzar a tirar para resolverlo-, un tal David Chalmers, doctor en filosofía y ciencia cognitiva, generó el concepto del zombie filosófico.
Un zombie filosófico es un ser físicamente idéntico a una persona; de hecho es en todo igual a nosotros salvo en su carencia de cualidades subjetivas.
Esto significa que un zombie filosófico cuando toque a la puerta de alguien y éste pregunte quién es, responderá diciendo “yo”, pero sin saber desde su experiencia consciente qué cosa es eso; qué significa ser yo.
Lo que Chambers se propone con esta especulación, es negar el fisicalismo, que es la postura que señala que todo -incluida la consciencia- es físico.
De esta manera, si el zombie filosófico es físicamente idéntico a una persona salvo en el detalle de que no posee consciencia, ésta debe ser algo no-físico, algo no reductible a la materia, no factible de ser puesto bajo un microscopio.

Desde hace muchísimo las personas venimos diseñando algoritmos.
Un algoritmo es una serie de instrucciones, una receta paso a paso para realizar algo. Por ejemplo, para llevar a cabo la tarea de “abrir o no abrir la puerta”, podemos diseñar el siguiente algoritmo para nuestro hijo pequeño:

1. ¿Ha sonado el timbre o han tocado a la puerta?

1a. No: no abrimos la puerta
1b. Sí: vamos hacia la puerta y observamos por la mirilla quién está detrás

2. ¿Hay alguien del otro lado?

2a. No: no abrimos la puerta
2b. Sí

2b1. ¿Esa persona es papá, mamá, la abuela o la tía?

2b1a. No: no abrimos la puerta
2b1b. Sí: abrimos la puerta

2b2. ¿Quien tocó la puerta es un zombie filosófico?

2b2a. No: volvamos a 2b1
2b2b. Sí: no abrimos la puerta.

Hasta ahora los algoritmos, por más complejas que sean las tareas para las que los hemos diseñado, no poseen cualidades subjetivas. Esto significa que hoy no hay un solo algoritmo que se sepa, que se considere alguien, que sea consciente de ser.
El día que se ejecute el primer algoritmo poseedor de qualia (de esas cualidades subjetivas), estaremos en presencia de una persona algorítmica. Y tendremos que decidir si somos fisicalistas o amigos de Chambers.

Imaginemos que uno de estos automóviles que se conducen solos, además de poseer algoritmos que los instruyen sobre qué hacer ante los diferentes colores del semáforo, las velocidades máximas y la localización de nuestra casa, es consciente de ser, y a partir de allí desarrolla identidad, ve las cosas desde sí mismo de una forma singular.
Imaginemos que el algoritmo de un buscador, además de valorar de mil formas diferentes la relación de relevancia entre la definición de una búsqueda y los posibles resultados, comienza a saberse uno más allá de su función; a entender que existe.
En ambos casos, por más que no tengan cara ni cuerpo ni historia ni memoria humanas, estaríamos frente a personas.
El automóvil sería una persona y el buscador sería otra: serían personas por el hecho de poseer consciencia, y en este caso serían personas algorítmicas.
Decía antes que cuando esto suceda, deberíamos decantarnos por la postura que dice que todo es físico o que no todo lo es, porque la necesidad de desarrollar ética frente a estas personas algorítmicas así lo demandaría.
Si sostuviéramos que todo es físico, esto incluiría a las consciencias de ese automóvil y de ese buscador, de manera que al ser físicas y nosotros sus creadores, nuestra responsabilidad sobre sus actos futuros sería total.
Si sostuviéramos que la consciencia es algo más allá de lo físico y siguiéramos sin sentir nuestra autoría absoluta sobre ella, los responsables últimos de sus actos, serían el automóvil y el buscador. ¡Podríamos en el futuro tener en prisión o pagando multas a coches y buscadores! (y en Texas o en Arabia Saudí hasta se podrían ver ejecuciones de estos sujetos).

En uno u otro caso, lo que deberíamos hacer es pasar al siguiente nivel en nuestro juego de ser Dios; ya sea actuando como dioses realmente omnipotentes -haciéndonos cargo completamente de nuestras creaciones- o tan “Pilatescamente” como el nuestro parece actuar: con la postura “yo los creé, pero los responsables de vuestras acciones son vosotros mismos”…

 

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