Siempre pensé, así, sin reflexionar mucho, que la visibilidad trataba de si se es o no visible -y en caso positivo- cuán visibles somos ante el grupo, frente a otros.

Ese es indudablemente el aspecto más obvio de la visibilidad, pero de lejos no el más importante.

Lo que los medios sociales aún emergentes nos están posibilitando, no es sólo ser visibles de cara a los demás, sino principal y primeramente ser visibles a nosotros mismos. Y esta cuestión, es importantísima debido a su carácter constitutivo y cualitativo, por sobre al casi meramente cuantitativo de la visibilidad social hacia otros.

Antes de ser ante los demás, debemos serlo ante nosotros mismos, o lo que es igual, si no sabemos quiénes somos individualmente, seremos anónimos en el grupo.

Es verdaderamente paradógico, pero a pesar del gran condicionamiento que todos sufrimos en la calle, a pesar de su potencia y de su ubicuidad, éste permanece casi tácito, prácticamente invisible a los ojos de todos.

Me refiero a que en la calle, como en los espacios públicos en general, todos experimentamos una suerte de identidad reducida; somos sencillamente nadie para la enorme mayoría, y la enorme mayoría es nadie para nosotros.

Este profundo anonimato que experimentamos en el exterior urbano, nos condiciona enormemente a la hora de interactuar con otros; para comunicar es preciso, antes que nada, ser “alguien” y en la calle, por consenso somos “nadie”.

El viernes 19 de marzo por la tarde quedé alineado a un cuadro de Marcelo Pogolotti, artista cubano del grupo de “los nuevos”.

Vi esta obra de 1935 enmarcada en la muestra “Caminos de la vanguardia cubana”, que se extiende desde el 19 de Marzo hasta el 3 de Mayo en el MALBA (Museo de arte latinoamericano de Buenos Aires).