Tragedia de género

By in selbst on December 13, 2020

tragedia de género - ernesto alegre

El desánimo de la demora.
Resulta un factor de desánimo vivir en lo que se considera el pasado.
Me refiero a vivir situaciones culturalmente superadas, por las que ya se ha transitado y que deberían, no solo en los papeles, estar ya resueltas.
Una de la definiciones más concretas y experimentables de subdesarrollo, es aquella que lo define como el sistema que toma todos los problemas y los convierte en condiciones.
No los resuelve nunca, sino que los incorpora a la vida con una determinada periodicidad que demanda tal cantidad de tolerancia que ésta, al naturalizarse, se vuelve resignación.
En relación a la gestión cultural del género, no podemos jamás asumir al machismo como una condición: es un problema de la máxima gravedad, una molécula tóxica y respirable, tan inmensamente distribuida que todos la alojamos en algún grado de concentración en nuestro interior.
Esta gravedad tal vez se ponga mejor de manifiesto, si decimos que todos (sin distinción de identidad sexual ni de género), no es que actuemos de forma machista o seamos condescendientes con el machismo: somos íntimamente machistas; esta molécula tóxica de una u otra forma es componente de nuestra forma de ser.
Nuestra cultura la viene considerando desde hace demasiado tiempo una condición, y muchísimas veces ni siquiera una condición negativa, o tóxica o incapacitante.
Y en esto estamos demorados, volviendo a tropezar y a caer y a matarnos con esta piedra enorme… un gigante que no tiene un grandísimo cuerpo, sino que está desarticulado en pequeñas piedras, como cálculos, dentro de cada uno de nosotros.

No se puede seguir siendo hombre así.
Es cierto, y de una forma muy obvia, que la víctima primera de cualquier opresión es la persona oprimida.
Sucede con la opresión capacitista en contra de la persona con discapacidad, con la opresión racista en contra de la persona de un colectivo racial, y con la opresión de género en contra de la mujer y de la persona transgénero.
Pero si bien es natural no priorizar al opresor a la hora de tratar la urgencia de la opresión, creo que es muy cierto señalar que nadie vive realmente bien en un sistema opresivo. Ni el oprimido, ni el opresor activo ni el opresor por defecto.
Y lo digo más claro: la opresión debe eliminarse ante todo como justicia hacia la persona oprimida, es ella el centro dominante de la reparación, pero cuando el sistema opresivo se desmantela, todos quienes vivían en él comienzan a vivir mejor.
Por esto pienso que no es posible seguir siendo hombre de la forma en que se entendió hasta ahora: el sistema de género, la cultura y el aparato actual de género, no son aptos para personas, y en consecuencia tampoco para los hombres.
Sólo una minoría psicopática puede sentirse bien en el presente sistema: el privilegio degrada también a quienes lo disfrutan, y solo un mínimo de humanidad es necesaria para destruir ese disfrute.

Privilegiado aquel que es ajeno al privilegio.
Todo privilegio implica privación; de hecho la primera parte de la palabra viene de allí.
Cuando esa privación es ley (y aquí tenemos la segunda mitad de este odioso término), lo que se desarrolla es la inequidad, que paradójicamente lo que hace es deprimir el desarrollo de todos, no solo de quienes hayan sido privados del privilegio.
Cuando se nace hombre, como cuando se nace blanco, con acceso a la educación o sin una discapacidad tipificada, entre otras circunstancias heredadas, se es privilegiado.
No somos responsables de esas cosas, pero sí lo somos de ejercerlas como instrumentos de inequidad. Lo hagamos activamente o por defecto.
Por más incómodo que diariamente me sienta siendo hombre, no soy personalmente responsable de serlo, pero sí lo soy de aprovecharme de alguno de los privilegios que me legaron junto con mis genitales. No soy machista y execrable por ser hombre, lo soy si no destruyo cada día al machismo y al tic machista que sin pensar sigo teniendo, sea yo hombre, mujer o trans.

No se puede seguir siendo mujer así.
Tal vez la característica más siniestra del machismo sea que no es reductible a una guerra de géneros.
No es machista el hombre y anti-machista la mujer; hoy en menor o mayor medida, de forma activa, de forma pasiva, o de forma contraria pero insuficiente, diría que todos estamos contaminados por este vertido.
Los modelos de género actuales son casi todos horrorosos, no se salva casi nadie, y el hecho de señalar -aunque con toda la razón del mundo- que hay roles más terroríficos que otros, lo cierto es que con las piezas con las que contamos hoy, con los roles de hombres y de mujeres que tenemos ahora mismo, nunca podremos componer una sociedad que valga la pena ser vivida.

El exterminio del machismo.
El proyecto de asesinar al machismo, es la tarea de llevar a cabo uno de los mayores magnicidios de la cultura.
No se hará solo, ni sin muchísimo trabajo, ni sin observar la fealdad que nos devuelve el espejo, ni sin involucrar a absolutamente a todo el mundo. Es una guerra de mil batallas y que comienza dentro nuestro antes que contra otro: quien posea un privilegio deberá dejar de disfrutarlo ya, y quien no lo tenga deberá exigir al otro que no lo ejerza.
Al machismo hay que sitiarlo, cortarle el acceso al agua, al alimento, a la alegría y a la compañía. Como todo privilegio fósil, cuando quede demostrado que la inequidad que genera deja a quien lo disfruta peor y no mejor ante los otros, terminará muriendo sumergido en su propia demencia.
Las guerras culturales se ganan disparando no sólo símbolos, sino haciendo que lo que era bueno pase a ser malo, también en el comportamiento… es el claim y la consigna hechos puerta que deja al tóxico del lado de afuera.
Personalmente tengo claro que lo que me salvará seguirá siendo mi cerebro femenino, mi feminidad. Cada vez que la cultura le corta el micrófono a la mujer que llevo entretejida en mí -y yo lo permito-, soy mucho peor, soy una versión menguada, opaca de mí mismo.
Es la capacidad de ahuecarnos para el otro y no la agujereadora testosterónica la que nos hace buena gente, la que nos hace personas con las que vale la pena seguir caminando.

 

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *