¿Riguroso o laxo?

By in bar fly on July 20, 2014

riguroso o laxo, por ernesto alegre
En el último número de la revista Monocle, se publica la octava encuesta de calidad de vida (Quality of Life Survey) que señala las 25 ciudades en las que más vale la pena vivir.
Año tras año diferentes ciudades suben y bajan en el ranking, y cada 12 meses nos encontramos con cosas obvias (que las ciudades escandinavas sigan siempre bien arriba, por ejemplo), y otras más inesperadas (que una ciudad como Londres no aparezca entre las mejores por el precio excesivo de la propiedad, o que por primera vez en el top25 figuren 3 ciudades japonesas).

Son 15 los parámetros que se consideran por igual en todas las ciudades estudiadas: horas de sol al año, crímenes, librerías, puntos de recarga eléctrica, población, diarios, algunos aspectos culturales (museos, cines y galerías de arte), porcentaje de residuos reciclados, tasa de desocupación, cantidad de cadenas comerciales (se cuentan la cantidad de McDonald’s y de H&M’s), tolerancia (en relación a diferentes minorías), cuestiones relacionadas con la arquitectura, transporte público, horario del cierre de parques y plazas (en el caso de que cierren) y la tipificación entre “laxas en relación a las reglas” o “atentas a las mismas”.
En esta oportunidad, una cosa que me llamó la atención -aunque es algo más que lógico en realidad-, refiere precisamente a esta última consideración: ¿es esta ciudad permisiva (“libertarian paradise”) o estricta en su acatamiento a diversas regulaciones (“stickler for rules”)?
Una masiva mayoría de las 25 ciudades mejor posicionadas del mundo -y todas las del top10- son definidas como respetuosas de las reglas. De hecho, de las 25 listadas, sólo 2 son presentadas como decididamente “libertarian”: París y Berlín.
Me resultó llamativo no el hecho en sí, sino la uniformidad de este parámetro: las ciudades más “vivibles” son ciudades con código.
Como apuntaba antes, es completamente lógico que una ciudad en donde el individuo respeta el código común que le garantiza la convivencia, sea en consecuencia un lugar digno de ser vivido.
Es tan obvio como comúnmente soslayado: la ciudad es el imperio del “nosotros”, tanto como mi casa es el imperio del “yo”; cuando este límite se desdibuja, la ciudad se torna disfuncial para todos.

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