Sobre el color

El color jamás se experimenta de forma aislada: no existe en la experiencia real y cotidiana el percibir un solo color.
Aunque pintemos toda una habitación y todo lo que esta contiene (o en su defecto una habitación vacía) con un mismo color (no olvidemos pintarnos la nariz, las cejas y la parte superior de nuestras mejillas también con el mismo color), al observarla veremos miles de gradaciones de ese color: nunca jamás un color único.
De esta manera lo que vemos siempre son gamas, paletas de colores.
Por este motivo el color es siempre una entidad colectiva: hablamos de “color”, en singular, como construcción teórica, pero experimentamos y nos exponemos siempre a “colores”.

Otra realidad es que la percepción de un color cambia según se vea acompañado de unos u otros colores.
Un rojo específico nos parecerá un determinado color en proximidad de tonos rosados y blancos, y otro diferente si lo acompañan dorados y celestes. De nuevo: percibimos paletas, multitudes de colores por vez.
Un verde claro será oscuro o medio en presencia de un verde mucho más claro, y estará en medio del espectro de verdes al lado de un verde oscurísimo.

De aquí que la idea de “me gusta tal color” esté vinculada a nuestra autobiografía antes que a nuestra biología: nos lo hemos dicho y nos los creemos, pero no lo sentimos en serio.
Ese color que tanto nos gusta dejará de hacerlo en la compañía de otros: no hay color universal o inalterablemente “gustable”.

Los colores no tienen significado universal para todas las personas, esa es otra falacia.
El significado de un color surge del contexto, de la cultura o del subconsciente. Nunca el significado de un color se aloja en el propio color y para todos quienes lo ven (esto del significado universal e inalterable ni siquiera le pasa a las palabras).
En una cultura donde la policía viste de un tono determinado de azul, ese azul y los azules que se le parezcan serán percibidos por muchos como el color del orden, de la institución, del control.
En otro país donde las fuerzas de seguridad vistan de rosado, ese azul significará cualquier otra cosa, y el límite, el orden y la represión serán representados por el rosado.
Aún en cualquiera de estos dos países, si una persona en su niñez era feliz, cuidada y reconfortada en la casa de sus abuelos, pintada de rosado o de azul, es posible que no interprete estos colores como el resto, sino como colores alegres, o colores nostálgicos.
Todo esto puede sintetizarse diciendo: al color se lo siente, no se lo piensa (como mucho primero se lo siente y luego se lo piensa), y cada persona siente aparte, aún explicando y hablando de sus sentimientos de formas estandarizadas.

Como sucede con los olores, con los sabores y con los sonidos (en realidad con todo lo que no puede ser lingüísticamente construido), casi todo lo que podamos o intentemos decir del color con pretensiones de ser universal, “para todos igual”, se aleja inexorablemente de la experiencia directa del color.
Explicar el color en términos de “rojo significa pasión”, es algo destinado a naufragar en el sinsentido, tanto como la etiqueta del vino que falla en explicar su sabor, o el texto que describe ficcionalmente un perfume. No hay significado universal en los colores, como no lo hay en los sueños.

La existencia misma del color es de tal fragilidad e improbabilidad, que si bien es útil ponerle nombre (al menos a la comunicación del color), nunca deja de ser una empresa poética.
Con un mínimo de sentido crítico descubrimos que el azul cielo es solo una entelequia: o bien hablamos de cientos de azules o de algo que no existe.
Para quienes pueden ver, ponerle nombre a las frecuencias de luz visible, equivale a ponerle nombre a los diferentes aires que respira una persona ciega: le ayudará a referirse a ellos, pero nunca dejará de ser una actividad poética. La experiencia de los espectros sensibles (táctil, olfativo, auditivo, cromático, gustativo) es imposible de mapear sin desvincularse de la experiencia misma.


Casi todas las explicaciones sobre el color terminan explicando otra cosa…