El movimiento treinta y siete

By in bar fly on July 6, 2019
Tiempo de lectura: 5 minutos

El movimiento treinta y siete - ernesto alegre

La sorpresa del pobre Sedol.
Entre el 9 y el 15 de Marzo de 2016 el jugador de Go Lee Sedol (el segundo jugador profesional con más títulos en todo el mundo), y un soft llamado AlphaGo se enfrentaron en una competición de 5 encuentros.
AlphaGo es un programa desarrollado en Londres por Google DeepMind, y ha sido el primero en derrotar a jugadores humanos del nivel de Sedol.
El Go es un juego tradicional chino creado hace más de 2500 años mucho más complejo que el ajedrez, ya que el tamaño de su tablero, la cantidad de piezas involucradas y los posibles movimientos para cada una son muy superiores a los de este. Se dice que el número de permutaciones posibles en el Go es mayor que el número de átomos en el universo visible, pero exageraciones aparte, este juego ha servido de inspiración a matemáticos y hasta conducido a la invención de los números surreales.
La particularidad más notable de esos encuentros entre Lee Sedol y el soft de DeepMind se dio durante el segundo juego de aquellos 5; más precisamente en el movimiento número 37 que hizo AlphaGo.
En el momento de su realización, dicha jugada sorprendió a todos quienes presenciaban la partida: fue una decisión inesperada del software, algo muy poco convencional.
Juzgada en el mismo acto, dicha movida pareció un error del programa; de hecho al propio Sedol le costó más tiempo del habitual responder a algo tan sorpresivo.
Pero conforme se desarrolló dicha partida, fue quedando claro que AlphaGo no sólo no se había equivocado en su movimiento 37, sino que había acertado en la construcción de su estrategia: ese movimiento había sido de naturaleza creativa.
Ese segundo juego de la serie lo ganó AlphaGo, pero no lo hizo exhibiendo músculo computacional, que es lo que cabía esperar de un programa informático; lo que mostró el código de DeepMind fue creatividad, fue la decisión de hacer algo nuevo, inusual, que por definición no formaba parte del repertorio esperable de un algoritmo, que por más complejo que fuera, no dejaba de ser una serie de instrucciones ya mapeadas por alguien.

Por favor no me desplaces.
Aludo a estos juegos, a estos encuentros entre humanos y piezas de código, porque creo que es habitual que se los enmarque dentro de una perspectiva tradicionalmente reduccionista y equivocada.
No es ajeno a este tipo de situaciones, donde un producto de la ciencia o de la tecnología llega a performar alguna actividad desde algún punto de vista mejor que un hombre o una mujer, el pensamiento o la sospecha del reemplazo de estos últimos por los primeros.
La idea de que una máquina hace el trabajo que antes hacía una persona, que un robot puede realizar ciertas cosas mejor que un operario en una fábrica o que un código puede resolver operaciones con más fiabilidad y velocidad que un humano, llevan habitualmente a la idea de que todos estos nuevos elementos de cada época llegaron para desplazar a quienes hacían esas mismas cosas antes.
Sin la intención de ignorar ni minimizar el impacto social de la tecnificación en cualquiera de sus manifestaciones, sin soslayar lo grave que en lo personal puede resultar ver peligrar tu trabajo cuando nuevos elementos entran en escena, creo que ponernos a competir con aquello que inventamos no es una postura correcta. Básicamente no lo es porque no es beneficiosa.

Primero el músculo.
Las invenciones que primero “desplazaron” a personas fueron aquellas cuya actividad y productos se basaban en lo cuantitativo: es la instancia más sencilla de relevar, la más fácil de ser superada por algo sin consciencia.
De esta manera, la máquina capaz de cargar un peso de hasta 1 tonelada era claramente superior a una persona capaz de cargar hasta 100 kilos, y la máquina que podía poner tornillos iba obviamente a superar a la persona que venía poniendo tornillos: no sólo podía hacerlo más rápido, sino que no se cansaba, no se distraía, no aspiraba a dejar ese trabajo por uno mejor, no rivalizaba con otro operario ni se sentía mal un día por haber discutido con su pareja.
En un punto, puesta equivocadamente la situación en términos de competencia entre máquina-persona o invención-persona, se comprendió que todo lo cuantitativo (cantidad de lo que sea: volúmenes físicos, volúmenes computacionales, escalas pequeñas o grandes de tiempo y de espacio, etc.), era un territorio ya perdido o próximo a perder en dicha competencia: nadie suma 1+1 mejor que una máquina.
Pero había una frontera, un límite -aún existe de hecho- para esa derrota: donde comienza todo lo eminentemente cualitativo.
Ahí somos las personas las que ganamos. ¿Analizar una conversación en términos semánticos? ¿bailar? ¿improvisar en lo que sea? ¿comprender? ¿generar conocimiento? ¿ser consciente de sí mismo y el contexto? Ahí sí que nuestras invenciones -hoy- no pueden rivalizar; por eso creemos que no compiten con nosotros.

Y entonces llegó el movimiento 37.
Hay algo que convendría considerar a la hora de plantear una situación: la instancia o el lugar histórico en el que estamos en el momento de plantear dicha situación.
Que hoy nosotros seamos los reyes semánticos del barrio no significa que vayamos a serlo siempre; el futuro es una cosa diferente del presente, y perfectamente podrían aparecer máquinas capaces de jugar al fútbol de igual a igual o mejor que el mejor de nosotros, y más tarde o más temprano podría también aparecer un código capaz de una inteligentísima creatividad o una hermosa identidad.
Claro que pasará: AlphaGo ya giró un poco el picaporte de esa puerta.
¿Entonces significa que es sólo cuestión de tiempo que una invención nos reemplace también en esto?
No si pensamos en la identidad, porque todo lo que se basa en la identidad, es inherentemente irremplazable.

La identidad es un diamante imposible de robar.
Como decía, es sólo cuestión de tiempo que nuestras invenciones desarrollen inteligencias respetables, lo que significa que deban desarrollar capacidades ideacionales e identidad: de hecho necesitamos que así sea.
Nuestras demandas hacia aquello que creamos son cada vez más complejas, más exigentes, y para poder satisfacerlas necesitamos que dichos productos despierten en términos de inteligencia, de consciencia de sí mismos, y en última instancia de identidad.
Vuelvo un segundo a aquello de porqué es erróneo ponernos en un plano de competencia con nuestras invenciones: sencillamente porque en esa competencia, que ignoró siempre la instancia de la identidad, no hay otra posibilidad más que la derrota.
Competir en una carrera que sólo puede perderse y de la que nada podamos aprender, es la actividad más estúpida y frustrante que podamos realizar.
Aún cuando tengamos códigos capaces de generar excelentes ideas, códigos que auto-desarrollen sus identidades, invenciones que a su vez inventen más invenciones y creaciones conscientes de ser quienes son, siempre seremos nosotros y podremos interactuar con todas ellas desde, precisamente, nosotros mismos.
Lo que ninguna invención, máquina, robot o código podrá nunca, es ser nosotros mismos, porque aunque ese sea su propósito, en el mejor de los casos será como nosotros, pero nunca nosotros mismos.
En una supuesta competencia, para ganar se debe ser mejor que otro -que esté también compitiendo-, pero siendo siempre “otro”, nunca confundiéndose con aquel a quien se pretende ganar.
En esto reside el valor inexpugnable de la identidad: está fuera de toda consideración cuantitativa o cualitativa; sólo interviene lo constitutivo. Yo soy yo y nadie ni nada puede serlo más que yo.
Esa es la postura que nos exime y nos sustrae de la ridícula competencia con nuestras invenciones.

 

2 thoughts on “El movimiento treinta y siete

  1. 1

    Esto me recuerda la discusión que tengo últimamente con la gente muy espiritual. La que a mi me parece que niega “el yo pequeño” (la personalidad), porque en esencia todos somos lo mismo y lo que verdaderamente cuenta es el Yo. Y no es que diga que no, pero entonces ¿para qué venimos?, ¿de verdad no tiene importancia comportarse de una manera o de otra? ¿No cuentan los deseos y las ganas, que me gusten unas cosas y no otras? ….. Lo que apuntas me parece que es la clave de la cuestión. En esencia somos lo mismo, pero en la forma somos únicos. Y esto que me parece tan importante se ve como una molestia, “el ego, qué pesado”… “la mente, qué traicionera”. Pues yo creo que todas nuestras peculiaridades, grandezas y miserias tienen valor y que es la salsa de la vida tal como aquí la conocemos. No sé… igual a la próxima me bajan 7 dimensiones como castigo, pero esto pienso ahora. No sé si será el movimiento 36 o el 38 😀

    • ernesto alegre
      2

      jajaja… estoy de acuerdo con lo que decís; creo en una dimensión macro, que es la de los comunes denominadores entre todos nosotros, y una especificidad, singularidad, detalle que nos hace irrepetidos e irrepetibles.
      En tanto personas, sentimos y tenemos un “plano general” muy similar unos y otros, y también en tanto personas, la composición de nuestro cóctel es única (pensándolo bien, la contradicción debe ser lo que más nos diferencia de cualquier especie)…
      Y los que niegan la identidad, sea propia o ajena, lo hacen por miedo: por miedo a SER.

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