alguna vez leí que John Cage dijo: “Si algo es aburrido tras dos minutos, inténtalo durante cuatro. Si aún es aburrido, ocho. Luego dieciséis. Luego treinta y dos. Con el tiempo, uno descubre que no es nada aburrido.”

paralelamente a este concepto de que la repetición de algo modifica de cierta manera a ese algo, el otro día me sorprendí a mí mismo frente a un escaparate de una de esas tiendas a las que coloquialmente se conoce como “lo de los chinos” con la siguiente pregunta en mi cabeza: ¿qué pasa cuando rodeamos desordenada y caóticamente a un objeto horrible de otros cientos de objetos horribles?.
me dí cuenta que casi cualquier objeto que uno pueda encontrar en estas tiendas, ha sido concebido con un espíritu “kitsch”, y que todos ellos son -hasta por obligación- de calidad muy baja y frecuentemente de factura y materiales desagradables. pero cuando uno se enfrenta no a uno sólo, sino a cientos de productos de los más diversos colores, materiales, formas y pretensiones de uso, el juicio sobre el conjunto se modifica.
sentí que ya no eran “muchísimas cosas horribles”, sino “un conjunto de una bella fealdad“…
hay algo de cierto en esto de que todo reconoce un umbral operativo: nuestro oído puede oír un espectro de sonidos al igual que nuestra vista un espectro de colores, nuestro ser social tiene un límite de amistades posibles y nuestro paladar agradece un poco de sal pero no todo el contenido del salero en una sola comida. de esta misma forma, nuestro aparato degustador de imágenes se satura y llega a narcotizarse cuando traspasamos el umbral superior: demasiadas cosas feas ya no nos parecerán “mucho” más feo que una sóla o pocas cosas feas, sino fundamentalmente “otra cosa”.
a esa otra cosa, a esa bella fealdad es a la que me refería hablando del efecto china shop…
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