La sala de ensayos de Thames 320 era bastante más que un espacio que nos resolvía el asunto de dónde ensayar; era a todos los fines imaginables -o al menos imaginados por nosotros- una verdadera base de operaciones.
Aunque en más de quince oportunidades -hablando en serio, bastantes más- necesité que me operaran ahí mismo de los pómulos y del estómago, me refiero en esta oportunidad a otro tipo de operaciones: a las que también podrían ser llamadas “maniobras”, “acciones” o “procedimientos”.

Casi todo lo que sucedía en Los Intocables como banda y que no pasara sobre un escenario o abordo de un micro, sucedía en Thames. Si nos detenemos a pensar que shows sólo había los fines de semana y que a los micros nos trepábamos cuando los shows eran lejanos, Thames gana en cantidad de vivencias por afano.
¿Aunque sea sólo por un segundo contemplaron la posibilidad de que el Back2Square1 hubiera reservado una categoría para aquel sitio porque sí?
A continuación les relataré tres de la múltiples entrevistas que han tenido lugar en el 320 de Thames; empecemos por estas, después ya veremos…
Puede cortarme uno o dos dedos, ¡Pero no toque mi bigote!
Cuando el primer saxofonista de Los Alcaloides decide abandonar la banda -previamente a la grabación del primer disco y apenas momentos antes de tener perspectivas de grabarlo- además de llenarnos de una profunda alegría a casi todos y hacernos creer por un minuto que Dios existía y encima nos amaba, me es dada una nueva tarea.
De esta manera, aparte de aportar elegancia, don de gentes, sensibilidad, simpatía y un perfil griego a Los Intocables, debía de dotarlos de un segundo saxofonista.
Imagino que los demás muchachos imaginarían que alguien que toca el saxo se reúne con otras personas que también tocan el saxo en bares de saxofonistas, que se codea con este tipo de instrumentistas a la salida de los cines para saxofonistas donde se exhiben películas exclusivas para ellos o que simplemente tenemos algo que hace que nos reconozcamos cuando nos cruzamos por la calle.
Lo cierto es que yo no conocía a un solo tipo que supiera tocar el saxo y que pudiera/quisiera tocar en aquella banda de super-ska.
El primer paso era preguntarle a mi profesor de turno y pasar luego a llamar a otros profesores para pedirles los teléfonos de sus alumnos.
Ya lo dije en alguna oportunidad en este anecdotario, pero es bueno recordar ahora que en aquella época, encontrar a alguien que tocara más o menos bien y que encima tuviera onda y conociera el estilo era algo más difícil que hacer de un comunicado de la CIA algo creíble.
Recuerdo haber llamado a no menos de siete u ocho profesores, conversar con aproximadamente diez alumnos y no avanzar ni un milímetro en el hallazgo del futuro bronce. Ya en estado de irritación extrema y decididamente inclinado a llevar a Thames a cualquier cosa más o menos antropomórfica que tuviera una aceptable habilidad de soplar -OK, si no podía soplar y podía chupar, también era apto para un curso de entrenamiento- y de mantenerse erguido durante cuarenta y cinco minutos -si en lugar de esto podía estar sentado y atado sin gritarle a la gente, también-.
Con ese nivel dinamitado de expectativas estaba cuando contacté con un tal Martín Waisman; no recuerdo ahora mismo si a través de un profesor de saxo, en la cola para entrar al concurso “Los Parecidos a Arrufat” o en la lista de espera para transplante de estómago.
De buenas a primeras me sorprendo diciéndole al teléfono: “OK Martín, nos vemos a las seis de la tarde en una sala de ensayos que queda en la calle Thames 320, ¿lo anotaste? Thames tres veinte”.
El día llegó y dieciocho horas más tarde estaba yo en aquel templo junto a Kovalsky, Alejandro Velázquez y Juan Velázquez.
El timbre sonó no mucho después de la hora acordada (pensé: “Bien, un muchacho que respeta el tiempo de los demás”) y al abrir la puerta de calle en la planta baja -la sala y demás dependencias de la casa involucradas con Los Intocables estaban en esa época en el primer piso- me encuentro con un joven que amalgamaba más con la orquesta del Club Armenio “Monte Ararat” que con los radicales del TwoTone.
Pasado el primer espasmo, lo invito a seguirme a la Sala de Máquinas donde fue finalmente la entrevista.
Para comprender la situación -que involucra cierto desarrollo cinésico y prosémico- imaginen a Waisman sentado frente a mí y de espaldas a la puerta de entrada a dicha Sala de Máquinas. Yo, frente a Waisman y pudiendo ver lo que sucedía detrás de él, es decir, lo que podía verse a través de la abertura de puerta y que se daba en un pequeño hall.
El saxofonista que más tarde sería apodado “El Tirolés” por una de las dos personalidades más bautizadoras de nuestro entorno, -me refiero a Vito Corleone o Vito Antofermo, tecladista de Academia Beat, antes Ciudad Gótica y también de Los Intocables en varias presentaciones en vivo- estaba visiblemente nervioso, asintiendo cuanto yo decía. Sí, para quienes se preguntan quién era la otra identidad bautizadora, les aclaro que hablaba de Clody, quien inventó el ridículo apodo de, sólo por citar un ejemplo, “El Niño Ska” para el diseñador de la primera tapa de Los Intocables -hacía diseños para Los Alcaloides en donde la letra “O” era dibujada como un geniol redondo con la estría recta que lo dividía en dos- a su vez “persona de función más bien escénica” (sic) en Romana Patrulla.
Volvamos con El Tirolés.
Lo que yo veía era a un chico como dije muy nervioso, sentado con una actitud bastante distante del relax… con una melenita abigarrada de rulos… y con los bigotes que Burt Reynolds usaba en 1978. La imagen a la que yo estaba expuesto no era honestamente alentadora -no es que Waisman apreciara una mejor de mi parte, pero ese no es el tema ahora-, lo que ocurría es que si no funcionaba lo de este muchacho, a mí no me quedaba otro recurso más que la importación o la trata de saxofonistas.
Le mostré nuestro primer disco, se lo hice escuchar, le pregunté si le gustaría tocar el estilo y sus respuestas fueron, respectivamente: “Me gusta”, “Suena muy bien”, “Quisiera tocar ska con Los Intocables”.
En esta luna de miel estaba, cuando veo no una ni dos, sino múltiples veces aparecer a Juan Velázquez y a Kovalsky -ausentes en la reunión- aparecer por el hall que quedaba a espaldas de El Tirolés haciéndome gestos desaprobatorios sobre su corte de pelo.
A pesar de la dificultad que conlleva criticar a alguien su aspecto personal, encaré al posible futuro saxofonista con algo así como: “Y… decime una cosa, vos viste como tenemos el pelo cortado todos acá, después te muestro algunas fotos… Ehhh… ¿Te cortarías el pelo muy pero muy corto?”
Waisman me miró sin sombra de ofensa y me aseguró enérgicamente que no había problema alguno; es más, me dijo que él SIEMPRE había usado la cabeza casi rapada y hasta me contó que de pequeño, su madre escondía las tijeras de la casa porque un día había pelado una zona de la alfombra del living; era una persona a la que el hecho de pelar lo estimulaba.
Compartimos unas risas, para ser sincero más que por la anécdota en sí porque me sacaba un peso grande de encima, y mis amigos Velázquez Juan y Kovalsky volvieron con sus cobardes críticas.
En esta oportunidad el objetivo era el bigote.
Se asomaban entre risueños y agentes de presión haciendo con sus dedos índices curvados formas de bigotes sobre sus bocas diciendo mudamente: “BIGOTE-NO” para luego desaparecer.
Como ya el hielo con El Tirolés estaba roto, totalmente fundido diría, arremetí con confianza: “Bueno, Martín, y el bigotín ya que estamos ¡lo volamos también!”
En ese momento el chico puso una expresión de extrema preocupación, como si le hubiera dicho que debía arrancarse la espalda o inyectarse yeso en las venas para tocar con nosotros, y exaltado me dijo: “No, el bigote no, ¡el bigote NO! No sabés la cara de boludo que tengo sin el bigote”.
Lo único que pude decirle fue: “OK, OK, no pasa nada, todo bien”.
Todos escucharon esto como quien recibe un diagnóstico terminal -no sé, se me ocurre pensar en la expresión de la señora madre de Kovalsky cuando los maestros y psicoterapeutas del joven percusionista le dijeron: “Y sí, señora, su hijo es así…”-, pero no atinaron a hacer, decir ni insinuar nada.
Sólo me quedó agradecerle su visita, indicarle día y hora del próximo ensayo, acompañarlo cálidamente hasta la puerta de salida y despedir tanto al futuro Tirolés como a su indiscutible bigote; bigote que es justo indicar que volvimos a ver, pero no demasiadas veces.
Pero, ¿Qué es esto? ¿Una banda de ska o un manojo de gente poco seria e impuntual?
Martín Waisman era una excelente persona, de eso no hay duda, pero si he de hablar con sinceridad debo decir que era algo resistido por algunos de los miembros históricos de Los Intocables.
Sin entrar en sórdidos detalles, lo cierto es que seguía pesando sobre mis hombros la no tan sencilla misión de encontrar a un saxofonista con la onda de Jerry Dammers, el dominio del instrumento de Wayne Shorter, el conocimiento del estilo de Cedric Brooks y la originalidad de Anthony Braxton…
La madurez de mis treinta y nueve años actuales me permiten apreciar que si en lugar de haberme entregado a tan tamañas complejidades, me hubiera dedicado a reunir dinero, ahora mismo estaría en condiciones de comprar -en cash- el condado de Cheshire. Pero bueno, en aquel entonces me encontraba algo desfocalizado y entregaba colecciones fabulosas de tiempo a buscar al sucesor del Tirolés.
Cierto día doy -vía telefónica- con un muchacho no sólo bastante recomendado por su profesor de saxo, sino bastante dispuesto a tocar en una banda de ska, conocedor de Los Intocables y residente cercano de la sala de Thames.
Lo cito a las 17:00 hs en el trescientos veinte de la calle-río para el día siguiente.
Salgo con el tiempo suficiente de mi casa rumbo a la sala, llego alrededor de las 16:30, toco el timbre y noto que uno de los dueños de casa y stage manager de la banda no se encuentra en ella.
Espero unos diez, quince minutos y al ver que Alejandro Velázquez no venía, salgo a buscarlo pensando que estaba entregado a una de sus aficiones: los juegos electrónicos.
En una sintética referencia a esta casi obsesión por sacarle más y más partidos al Pacman que tenía el mayor de los Velázquez, diré que era imbatible: si alguien entraba a “hacer unas fichitas” con él en algún local de video-juegos, debía saber que esta persona estaría jugando desde las 10:00 hasta las 22:00 hs. con la misma ficha, sacándole infinitos partidos a la máquina en cuestión.
Los diseñadores japoneses de juegos lo odiaban: tenían que preparar ciento treinta y cuatro mil quinientas cuarenta y cuatro pantallas distintas, ya que él siempre iba a ganar y debía pasar a un nuevo nivel. Lo contaré en otra oportunidad, pero ¡hasta fans tenía!
Bien, salgo a buscarlo a Alejandro por la avenida Corrientes con resultado negativo, lo cual me demanda algo así como treinta minutos. Pensando en el saxofonista con el que había acordado reunirme, vuelvo a Thames antes que éste optara por irse.
Al llegar descubro desgraciadamente que esta persona ya estaba allí esperando algo inquieta que alguien respondiera al timbre.
Mientras me acercaba iba escrutando su aspecto: cabello rapado, traje negro, camisa blanca, corbata negra delgada y un gesto severo.
Me presento tendiéndole la mano y ahí mismo me expresa su descontento por la espera a la que lo había sometido. Creía él que esa espera había terminado, pero inmediatamente le digo que debíamos aguardar un poco más a que llegara el dueño de casa.
Esto empeora algo las cosas, por lo que intento desviar la conversación hacia derroteros más felices, como por ejemplo la música.
Este muchacho no sólo me ratifica que conoce al ska, sino que comienza a nombrarme bandas, temas y discos. Cuando le pregunté qué hacía para vivir, me respondió que era peluquero.
Ahí mismo sentí un pequeño corte en mi respiración: lo primero que pensé fue: “Espectacular, un tipo que toca en la banda, caza de ska y encima nos corta el pelo a todos” -no podía olvidar que en aquel entonces era complejo convencer a un peluquero de que había otras posibilidades además de la media americana y la romana-.
Comiéndome el páncreas por dentro estaba debido a la ansiedad por la llegada de Alejandro Velázquez, cuando de repente veo su figura acercándose en la lejanía.
Le transmito tranquilidad al riguroso instrumentista peluquero, le presento al as del joystick y subimos, naturalmente, a la Sala de Máquinas.
Poco quedaba realmente por hablar, ya que el joven conocía a Los Intocables, al ska, estaba interesado en tocar y aclaraba que ya tenía varios años de estudio.
No tenía más que invitarlo a un ensayo y eso hice, a lo que el saxofonista me respondió: “¿Esta falta de puntualidad se repite siempre?”
Podría haberle mentido y decirle que no, que lo de hoy había sido algo absolutamente extraordinario, pero la pregunta me descolocó completamente: ¿Alguien escuchó alguna vez a algún músico en el contexto del underground pronunciar siquiera la palabra puntualidad?
La relación entre Los Intocables y el reloj era la misma que la de Adolfo García Grau y la cosmética masculina, la de Jorge Rafael Videla y el tema musical infantil “Mi Mono Monín”, o la de Xuxa y los textos humanistas de Erasmo de Rotterdam: ninguna.
Nosotros éramos capaces de llegar al lugar del show doce horas antes -no hablo de shows en otras provincias- o cinco horas después, así, con naturalidad, con fresca juventud.
Le aclaro entonces a nuestro rígido joven que efectivamente sí, que podía esperar demoras o anticipaciones en ciertos eventos, a lo que me respondió, secamente: “Gracias pero no, no me interesa”.
Acto seguido lo acompañé hasta la puerta, reprimiéndome de no cortarle las conexiones entre sus órganos vitales con su propia tijera, lo despedí y decidí olvidar para siempre su nombre; por eso aquí siempre hablo de “ese muchacho”, “aquel joven” y “el riguroso saxofonista”: mi educación me impide recordarlo como al “sucio peluquero del orto”…
“…Este bolígrafo es producto de dos mil años de ciencia, y sí, la juventud está masificada”…
Justo el otro día me preguntaba qué cosas había aprendido durante la época en la que tocábamos Los Intocables.
No, contrariamente a lo que puedan pensar, fueron muchísimas cosas las que pude asimilar; vean si no:
- no es del todo seguro contratar a un chofer de micro de larga distancia que sea ciego de un ojo (no hablo de ojos celestes, hablo de un ojo que no cumple la función de “ver”)
- no es la mejor decisión la de nombrarlo al Bebe Ferreyra “colorista y diseñador de interiores”
- si son propensos a la tentación de risa no deben leer detenidamente en vivo las listas de temas escritas por Alejandro Velázquez (desarrollaba la maldad privada de renombrar asombrosamente los temas que debíamos tocar)
- jamás revuelvan el bolso de Mr. Lebeat si no quieren ser víctimas y presas de su ira
- ni se les ocurra invitar a cenar a Clody a un lugar signado con menos de 4 tenedores (y si encuentran un restaurante de esa calificación en La Salada, sepan que son ustedes gente con problemas de delirium tremens) puesto que se exponen a su silencioso desprecio
- nunca armen una banda de ska y lleguen a grabar meses después de la primera si no quieren que miles de fronterizos los acusen de plagio
- si alguien les presenta a un tal Oscar López, encadenen inmediatamente vuestra billetera directamente a un clavo de platino inserto en vuestro fémur o esa misma noche, a la hora de pagar la cena descubrirán lo molesto de tener que lavar los platos de todo el restaurante.
Pero más que todo esto, una verdadera serie de conocimientos de dudosa futura aplicación, lo que aprendí de manera indeleble es que:
En cualquier rincón, repito, en cualquier rincón te puede esperar agazapado un resplandeciente y maravilloso de-for-me.
Nada tiene que ver con el día de la semana ni con la hora, ni con el lugar, ni con cómo estés vestido, ni con tu background cultural, ni con lo que hayas desayunado; lo único que importa es tu predisposición para entablar el contacto.
Sin esta bienquerencia, ustedes no estarían aquí y ninguno de nosotros nos hubiéramos conocido; el Bebe Ferreyra seguiría ignoto para nosotros en un rincón de Saenz Peña, Los Intocables jamás se hubieran formado y el Señor Ferrari no sería citado en esta publicación.
¿Qué Señor Ferrari? ¿Ese quién es?
Bueno, como primer cosa, todo lo escrito desde “…Este bolígrafo es producto…” hasta aquí es sólo una introducción al recuerdo de su persona. Y no podía ser de otra forma; ¿Qué mejor que una enorme digresión persuasiva para hablar de alguien que para venderte una birome te presenta la teoría atómica?
OK, empiezo por el comienzo…
Cierta noche -muy tarde, a la hora en que los colectivos más que un transporte son una rareza exótica casi imaginaria- estaba yo con Kovalsky (perdón por la monomanía) a punto de salir desde la terminal de Puente Saavedra sentados en los últimos asientos de dos rumbo a nuestros hogares maternales a bordo del colectivo 21.
Lo de “a punto de salir” era más una aspiración nuestra que algo que se verificara en la realidad (aparentemente el chofer deseaba repasar sus lecciones de sánscrito antes de partir, y el sánscrito es una lengua enrevesada, como sabrán).
Bien, la cuestión es que allí estábamos con bastante poca fe en el derrotero que había tomado ya toda nuestra cultura, cuando sube un señor de unos sesenta y siete o sesenta y ocho años (puedo pifiarle por no más de seis meses), elegantemente vestido -con esa elegancia que no se compra junto con un traje caro sino que se gana con actitud- y, lo más importante, la misión auto-impuesta de ser. Y en segundo lugar, mientras era él mismo, de vender algún que otro bolígrafo “Paper Mate”.
En rigor de verdad lo habíamos identificado ya antes que él subiera, alertados gratamente por su impecable estampa.
No llegábamos a las siete personas en el colectivo, incluído el indeciso colectivero, y sumado al hecho de que sería más de la una de la mañana, tanto a Kovalsky como a mí nos llamó poderosamente la atención que alguien pretendiera vender algo ante una concurrencia que en un altísimo porcentaje estaba ya dormida.
Su exposición fue análoga a la mía: entró en tema no menos de diez minutos después de haber comenzado a hablar. Para explicar porqué una auténtica Paper Mate puede escribir incluso hacia arriba (difícil imaginar cuándo uno necesita escribir sobre un cielo raso) el Señor Ferrari nos introdujo en la dinámica de fluídos; para que comprendiéramos la íntima composición de su tinta, el Señor Ferrari nos develó el detalle de las mecánicas atómica y ondulatoria.
Por favor no crean que esto es una exageración de mi parte para justificar esta anécdota; lo que les relato en verdad sucedió.
Por supuesto estábamos seriamente impresionados con Kovalsky y apenas podíamos reprimir expresiones radicales de admiración y total entrega, cuando llamamos por fin al Señor Ferrari.
Él creía que íbamos a comprarle sendas Paper Mate (y hubiéramos debido) pero lo que en realidad queríamos eran sus datos: ¿Alguien imagina el efecto destructor de un presentador de esta estirpe antes de un show de Los Intocables?
Al llegar a nuestros asientos, le preguntamos a Ferrari si se sentía capaz de hacer la presentación de una banda sobre el escenario de un teatro (estábamos muy cercanos al primer Fénix) a lo que nos respondió que “Claro, naturalmente, por supuesto, ya lo he hecho anteriormente”.
Sólo nos quedaba pedirle su teléfono y fijar una entrevista en Thames para que todos conocieran a este prodigio (así de generosos nos gustaba ser).
El Señor Ferrari no tenía teléfono, por lo que nos proporcionó su dirección: veintiuno de la calle Fleming, Munro.
Como réplica, él sí nos pidió nuestros teléfonos, aunque jamás los anotó en papel -que tenía disponible- con una Paper Mate -que también tenía-; memorizó entonces la siguiente información: “Señor Pablo: siete cinco siete cuarenta veinte” y “Señor Pollo: siete cinco siete cero cuatro dos uno”.
Dicho esto, nuestro fugaz amigo tocó el timbre, el colectivo se detuvo, él se bajó y la noche se lo tragó…
¿Para siempre? No, afortunadamente no: el Señor Ferrari nos llamó unos días después y acordamos una reunión en la sala de Thames.
Esa reunión concordaba con un ensayo, de manera que todos estaban presentes cuando Ferrari llegó.
Lucía impecablemente, casi tan elegante como la ilustración hecha con marcador negro grueso que retrataba a Bam bam Giménez sobre la superficie blanca del placard de su propia habitación por aquellas épocas (dedicada a un tal “Mono” y hecha por una artista femenina, si mal no recuerdo)…
Una vez en el primer piso, pasamos a la sala de máquinas donde le proponemos formalmente (los dos de siempre) que nos presente en el Fénix de Flores. Le contamos quiénes éramos, qué hacíamos y allí nomás Ferrari nos propone una temática para su brevísimo monólogo: la masificación.
Sin dar crédito a lo que estábamos presenciando, nuestro filósofo y vendedor ambulante comienza con su oratoria florida, descerebrándonos instantáneamente.
Cuando ya estaba todo resuelto, es decir cuando sólo quedaba acordar cuánto cobraría el Señor Ferrari por su arte, Juan Velázquez -para quien esta persona era sólo “un viejo”- soltó su ya acostumbrado “No da” en referencia a la participación de Ferrari, y ante la frialdad de los demás miembros, todo esto quedó en la más desalentadora nada.
Así es amigos, todos vosotros os habéis perdido de presenciar a tamaño orador deforme, pero para esto está el B2S1 (¿Para qué si no?): para recuperar lo que todos creíamos, precisamente, perdido…
Tags: bigote, Clody, Ferrari, Kovalsky, Lebeat, peluquero, Thames, Tirolés
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